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El diario del negocio digital y las tecnologías del futuro

25 Nov 201704:58

Blog
María Gutiérrez

¿Debe ser un tecnólogo el CEO de una ‘start up’?

¿Debe ser un tecnólogo el CEO de una ‘start up’?

Conocí a Laura la semana pasada. Una mujer brillante y activa como pocas. Destaca en su forma de hablar por su seguridad en lo que está diciendo. Capta tu atención al momento y, según vas siguiendo el hilo de lo que dice, tu cerebro se pone a pensar activamente. Te contagia su entusiasmo.

 

Ahora mismo está inmersa en una nueva etapa profesional. Hasta hace unos meses, siempre había trabajado en una multinacional en áreas de negocio. Cuando salió de allí, después de 17 años en la misma empresa, no dudó en matricularse en un máster para volver a “ponerse a punto”. Encontró tanta inspiración en el máster que ahora quiere montar su propia start up. Nunca antes se lo había planteado. Pero ha decidido dar el paso.

 

Encontró una aceleradora molona y solicitó formar parte de la nueva remesa de potenciales emprendedores que buscan proyecto y equipo. La aceptaron en el programa y se metió de lleno en el ecosistema start up. Curiosa y activa como es, absorbe como una esponja y se mueve como un rayo de un lado a otro. Pregunta, escucha, aprende, reflexiona, aplica.

 

Tomando un café me contaba todo este proceso que está viviendo con una intensidad brutal. Está segura de que es el camino que desea emprender. Muy segura. Dice que nunca lo ha estado tanto. Pero quería mi opinión sobre una cuestión en concreto. Dado que ella no era tecnóloga y siempre había estado en el lado de los negocios, ¿cuánta importancia le daba yo a la tecnología en una start up? ¿Debía ser el CEO un tecnólogo?

 

Desde luego, la pregunta tenía su miga y ella estaba expectante por oír mi punto de vista. Así que me mojé, igual que me voy a mojar ahora mismo.

 

Soy clara al decir lo que pienso: el CEO no tiene por qué ser el tecnólogo y la tecnología debe o puede ser la base en una start up, pero no es necesario inventar la rueda a cada segundo.

 

Tendemos a pensar que una start up debe encontrar una solución tecnológica a cada problema del universo. Además, esa solución debe ser nueva, genuina, impactante, relevante, escalable... Una pretensión un tanto elevada, ¿verdad? Al menos, a mí sí me lo parece. Estando de acuerdo en que una start up debe basarse en la tecnología, esta premisa es simplemente para hacerla escalable. Es decir, suponemos que la tecnología es capaz de llegar a más personas con los mismos recursos y, además, es la mejor vía para automatizar procesos. Si unimos estas dos características (conseguir más clientes y que las operaciones sean más baratas), pues tendremos más papeletas para que nuestra empresa sea más rentable. No olvidemos que ese es el objetivo.

 

Entonces… ¿Por qué nos empeñamos en asociar una empresa start up con un desarrollo nunca visto? Puede que ese sea un objetivo más propio de un grupo de investigación que de una empresa, ¿no crees? Un grupo de investigación puede tener por objetivo desarrollar una nueva tecnología que tenga una aplicación disruptiva en algún campo, pero… ¿Por qué pensamos que una empresa debe tener, necesariamente, esa misma misión?

 

Estoy de acuerdo contigo en que, si se soluciona un nuevo problema de una nueva forma, es una gran oportunidad para el primero que llegue. Pero, también, el primero que lo intente tendrá unas barreras (principalmente el aprendizaje autónomo que tiene que realizar de forma forzosa), que serán mucho más bajas para el segundo que pruebe suerte con ese mismo enfoque. Por ello, y teniendo en cuenta que una start up es una empresa que tiene unos objetivos de rentabilidad a corto o medio plazo, siempre tenemos que tener en cuenta el jugar con la tecnología y con los ingresos para que ninguno se quede cojo.

 

Volviendo a la pregunta que me hacía Laura y con los argumentos que acabo de exponer, un tecnólogo puede caer en la tentación de centrarse sólo en la tecnología y en el producto, descuidando la parte de negocio. Aunque, por supuesto, siempre puede ser que ese ingeniero tenga ambas competencias, lo cual sería estupendísimo. ¿Es eso lo habitual? Por lo que conozco, no mucho.

 

Laura escuchó mis argumentos y, como mujer de negocios que es, estuvo de acuerdo conmigo. Me dijo que, abrumada por la cantidad de información tecnológica que estaba recibiendo, se había dejado desviarse de su camino y lo que el corazón le decía: una start up es una empresa y su objetivo debe ser ofrecer una solución al mercado. Una solución basada en la tecnología, pero que los clientes deben comprar y recomendar. Laura me reconoció que casi había dejado a un lado lo que le decía su sentido común de centrarse en las necesidades del cliente para diseñar un producto necesitado y vendible. El aura tecnológica del sector le había cegado, dejando a un lado el negocio.

 

Y es que la tecnología es adictiva. Sus connotaciones de innovación, revolución, modernez, cambio, transformación y molonismo te atrapan y te obnubilan más allá de lo que podrías creer. La tecnología se te mete en los huesos hasta la propia médula, y llega a controlar a tu sentido común y a tus emociones. Parece mentira que sea capaz de manejar nuestra naturaleza desde tan adentro. O puede que no sea tan raro. Porque somos tecnohumanos.

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